La corrupción, mal que nos pese, es una realidad. Una amarga realidad que crece y crece sin césar sin que aparentemente seamos capaces de expulsarla de las prácticas polÃticas y administrativas. Se publican leyes y leyes, se promulgan códigos y códigos, pero ahà está ante nuestra mirada uno de los principales flagelos que impide el primado de los derechos fundamentales de la persona.